Una mente suicida... 11:45




Nuevamente, odio lo que escribo.
3 cigarrillos.
2 chicles.
Una taza de té.
2 litros de agua.
300 abdominales u.u
Evanescence.
Lecturas de neuropsicología y psicoanálisis.
Tengo que verlo a el 4 días a la semana.
Y el ambiente en mi casa es insoportable.
Quiero estar drogada todo el día...





Permanecía estática, vestida de blanco, sentada a la orilla de la ventana contemplando la perfecta luna llena. Sus claros ojos, se fijaban por pequeños instantes en el reloj junto a la mesa, parecía que intentaba acelerar el paso del segundero con la mirada, pero este, más lento de lo que jamás había sido antes, se burlaba de su desesperación.
Su horrorosa sombra de marcaba en la pared, haciéndole recordar las razones por las cuales había llegado a odiar su propio cuerpo. Y no era solamente por sus asquerosas formas, si no también, por todas las personas que un día, la habían acariciado en contra de su voluntad, originando repudio por cada centímetro de su piel.
Era ilógico como ni aquel que había amado con el alma, había logrado borrar esos aterradores recuerdos.
No quería pensar más en ese asunto, así que intento desaparecer aquella desagradable imagen mental, haciendo sonar entre su música una canción al azar. De fondo y como si alguien la hubiera elegido especialmente para ese instante se escucho justo esa que la devolvía al pasado, llenándola de bellos, pero amargos recuerdos.
Siempre le había parecido irreal, la forma en que dos sensaciones totalmente opuestas, como lo eran esas, podían llegar a mezclarse, creando alguna clase de sentimiento nuevo, que resultaba imposible describir con palabras.
Mientras la melodía continuaba sonando, se fijo por última vez en los irregulares latidos de su corazón, sabía que este era el único que tenía derecho de juzgarla, de condenarla por el sufrimiento que se había causado a si misma… sintió dentro de sí un poco de culpa… Pero no dejo que aquel pensamiento creciera y casi sin pensarlo, tomo una a una las 45 pastillas que había guardado durante tantos días. En contra de lo que había imaginado durante toda su vida, no lloro, y no porque no deseara hacerlo, si no porque el tiempo se había encargado de agotar cada una de sus lagrimas, y ahora, cuando se acercaba la inminente muerte, quería pasar sus últimos minutos con una sonrisa pintada en la cara.
En el fondo de su ser, siempre había sabido, que la muerte llegaría una noche como aquella, mientras ella la aguardaba vestida de blanco, y con una copa de licor en su mano. Tal cual como lo imaginaba desde niña en las oscuras fantasías que solía recrear en su mente para escapar de los gritos y los golpes, presentes en su hogar. Fue así, como ese día, después de haber dicho adiós a quienes amaba sin que estos lo supieran, había decidido por fin consolidar el acto que desde hace tanto tiempo venia retrasando.
No le preocupaba el juicio final de un dios inexistente, el se había esfumado de la misma forma en la que lo habían hecho todos aquellos motivos por los que antes parecía que valía la pena vivir.
Ahora, sus preocupaciones del momento eran un poco más terrenales… Se preguntaba por el futuro que no sería, por el amor que nunca volvería a sentir… Por el vino que no volvería a saborear... Por los abrazos que dejaría de dar… Por aquellos que sufrirían tras su partida…
Y sentada a orillas de la ventana, tan solo aguardaba por la muerte…
Entonces tomo lápiz y papel pensando que tal vez, mientras esperaba sonriente, valdría la pena escribirle a la muerte una última oda…

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